Mi instinto me dice, que mientras mas camine, mas rápido he de llegar al oculto lugar, tengo los pies enteros sumergidos en gravilla y aun así puedo avanzar.
Frente a mi, tengo la silueta desdibujada de un relojero, lo puedo reconocer con facilidad, sus fauces deformes no mienten, el sujeto me observa con sigilosidad, es como si estudiara mi mente; yo se muy bien lo que vienes a buscar, le grito enfadado con mi garganta y toda mi potencia bestial, logrando dejarlo perplejo y que dé un paso hacia atrás.
Un desierto inmundo es todo lo que veo, maldigo mi instinto y sin embargo en el creo, voy a llegar a las cavernas, cuando el instante madre se precipite frente a mi sosiego.
El relojero se acerca danzando un baile singular, es como si se desintegrase en el aire y volvierase a formar; a medida que avanza experimento esta visión unas diez veces más, al encontrarse a mi lado, me huele, toma mi mano y me provoca dolor clavándome un utensilio filoso en el pulgar.
Un grano de arena es idéntico a mil veces su tamaño real.
El relojero es astuto, puesto que se desintegra cuando lo intento atrapar, se corporiza luego, a lo lejos, y se detiene a oír mi absurdo bramar.
Mi espalda arrugada y seca pide agua, mis ojos ciegos luz, mis oídos silencio, y mi alma generosidad, sin embargo mi cabeza esta despierta y tiene una fuerza sobrenatural.
Mis dolores lentamente mutan en placer, mientras los relojeros me hipnotizan con un extraño cascabel.
Mi cuerpo jamás dejó de marchar en este páramo anormal, tengo el pulso acelerado y mis latidos son espasmos traqueteando sin parar.
Una decena de relojeros me observan desde la distancia, son gigantescos y rectos, tienen pieles blancas, cabezas anchas, ropas rojas, y grandes panzas.
Me siento solo en este desierto que en su vientre alberga arena, lagartijas, aire, sombras, y este cuerpo sortija de la suerte que da pena.
Les pregunto a los relojeros porque me miran así, y ellos responden que no miran sino lo que hay detrás de mi; padezco la curiosidad, al no poder voltear por una fuerza violenta que me detiene en el lugar, mas puedo sentir una mano que acaríciame la piel lunar tras lunar.
Delfines en la orilla, tucanes voladores, mujeres inauditas, manjares descubiertos, palmeras color miel: mentiras del desierto.
Tengo montañas de preguntas y los relojeros alejándose me devuelven a la cruda realidad sin respuestas a mis dudas.
Tic tac tic tac tic tac...
Un desierto, ahora, repleto de edificios, muebles viejos, hombres-rata, mercaderes, madres e hijos, césped muerto, violadores, maremotos, sanguijuelas, topadoras, gas metano, crucifijos, frutos rancios, niñas locas.
El desierto me ha devuelto a la ciudad, ahora todo va de prisa, la vigilia me aterroriza, todo vuelve a suceder, sin mi luz soy solo una araña sin patas con que tejer, soy el tallo de un clavel agonizando sin el sol; hoy he vuelto a nacer y pronto he de conocer, la verdadera razón, por la que loco mi corazón, se hará trizas y se ira, y cuando este por fallecer, veré luces y un andén, y al final llegará un tren, y allí dentro un relojero estará esperándome, dando cuerdas a un reloj; tic tac tic tac tic tac.
juanandré
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